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En el hipotético caso

Hace un montón de tiempo que leí este titular de una entrevista a una famosa escritora: “Escribo para una lectora que soy yo”. En su momento me pareció directamente reprobable. No sentía ninguna empatía hacia una afirmación como aquella; que se me antojaba arrogante y de un egoísmo despreciable. Pero por alguna razón nunca la olvidé, así que, supongo que definitivamente estuvo bien leer aquello de esta escritora, sentir lo que sentí, para configurar mi propia respuesta a lo que sería la pregunta: ¿Y usted, para quién escribe? En el hipotético caso de que alguien me la hiciera y yo quisiera responderla…

De alguna extraña manera siempre tengo en mente (cuando escribo, me refiero) a una especie de “estereotipo” (veremos si “arquetipo”) ideal a quien deberían satisfacer mis letras. Alguien con curiosidad, quizá con estudios, una persona con gusto por el arte en general, por las cosas de la vida, qué sé yo. Una persona “normal”, ni más ni menos. Me he dado cuenta de que, escribiendo, me importa (me interesa) agradarle a personas normales, pero por encima de eso lo que me “apetece” es conmoverles, desasosegarles, por qué no; noquear, “marear”… Quizá inquietar también… Asustar…

Y no es que me sirva de oscuras tramas, complejas historias con abundancia de personajes, enrevesados argumentos llenos de giros inesperados… Todo lo contrario. Cojo un espejito y se lo pongo delante de sus narices al lector. Le digo: “Mira, podrías ser tú”. Y le explico con detalle qué sería de él si hiciera lo que hace mi personaje. Entonces puede verlo y hasta pensar secretamente que no es tan distinto. Y del mismo modo, secretamente, avergonzarse.

Porque esto de escribir es, también, al mismo tiempo, quizá contradictoriamente, deliciosamente contradictoriamente, ajuste de cuentas y búsqueda de problemas. Proponer respuestas haciendo preguntas. Como el lamentable y entrañable (cómo odio esta palabra) personaje del Gran Lebowsky, el “Nota”, que no deja de meterse en líos sin saber nunca por qué, pero ni reniega de ello ni parece molestarle demasiado. Probablemente por ello elijo personajes de este estilo; pequeños perdedores consuetudinarios, agraviados o no, pero jodidos, apaleados. También alguna puta de vez en cuando y algún que otro niño. Y, borrachos, muchos borrachos…

“Tú y yo siempre estaremos del lado de los necesitados”, me dijo una querida amiga hace mucho tiempo. Y ella sabe bien lo que dice. Es de las mías… “Nos irá bien o mal, estaremos más contentos o menos, pero siempre tendremos un rato para atender al necesitado de turno, quienquiera que sea”.

A lo mejor escribo para eso. Para hacer sentir a alguien normal, al menos durante un rato, mientras lee algo mío, que su historia merecería ser contada.

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