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Como si fuese normal…

Sí, ya sé que no viene a cuento, pero es que a veces a uno le da por enamorarse. No es que quieras que nadie se interese por ti o que te halaguen. Tampoco es eso. Sólo quieres enamorarte. Ya sabes, sentir ese quién sabe qué… Estar pendiente de alguien aunque sepas positivamente que no sabrás nada de esa persona en eones, pues está trabajando y no como tú, que llevas el móvil encima constantemente. Pero te da igual. Porque de lo que tienes ganas es de eso. Precisamente de eso. También de repente te apetece hacer planes pensando en primera persona del plural. O contarle a alguien que saliste con él o ella. Sólo por contarlo, tampoco quieres que te pregunten nada ni ser el centro de atención. Hablar de ello como si nada. Como si fuese normal. Como si nunca hubieras no querido a alguien…

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Maneras de vivir

Se hace verdaderamente difícil contestar algo a esas últimas frases que me escribiste. Mejor dicho; no es que sea difícil, es que uno se plantea que cualquier respuesta va a dignificar esas frases y en realidad no quiero conseguir eso. Pero una parte de mí necesita esto. Quizá la misma parte que vio ‘algo’ en ti…
No, no actuaste con claridad en todo momento. Y realmente no creo que de verdad quisieras eso. O te importara mucho la claridad. Creo que mas bien actuaste de manera intencionadamente ‘vaga’. Creo que simplemente probaste conmigo a ver qué pasaba. Porque viste alguien bueno, alguien a quien atraías además, alguien que estaba ahí… Quisiste saciar tu curiosidad (aunque quizá hasta ya supieras de antemano que no ibas a querer nada al final) y me utilizaste porque viste que yo ponía todo mi interés.
Que te agobiaras aquel fin de semana (o aquella semana, o aquel mes…) sabrás sin duda (puesto que eres inteligente) que se pudo deber a muchos factores, muchos de ellos poco relacionados con empezar una historia con alguien etc. Pero eso no importa. Importa tu decisión de que esa sensación (sin desbrozar, sin pulir, sin contar conmigo) fuera primordial para dar carpetazo a lo nuestro. Qué poco delicado ¿no? Qué poco arte… Pero bueno, tampoco se puede pedir más cuando uno siente que no quiere seguir conociendo a alguien. La putada es que yo pensé siempre que tú eras alguien a quien sí que se le podía pedir más, más y mejor.
Fui respetuoso contigo, creí en ti, esperé a que te sintieras con comodidad para ir un poco más allá en nuestros contactos, te escuché, te hablé, te tendí mi mano. Rechazaste todo eso. Lo peor que se puede decir es que no lo valoraste o te dio igual o te dejaste llevar por aquel agobio. Son cosas humanas, mediocres, ajustadas, reales. Mucha gente no llega a más. La putada es que yo te valoré mucho más, pensé que no serías ‘así’ y qué decepción cuando vi aquellas frases… No me vinieron de nuevas, obviamente, no fueron una sorpresa, qué duda cabe. Pero sentí más decepción que tristeza cuando las leí. Porque sé que no son propias de quien me interesé. Que son impostadas, forzadas… Pero, evidentemente, debo respetarlas. Por mucho que me pesara.
No me pidas mil disculpas por hacerme daño. Pídeme millones y millones de disculpas. Y aún así te quedarás a corto camino. Pero ¿sabes qué? No importa; te disculpo todo eso y todo lo demás. Tú no me diste apenas nada aquellas semanas que ‘coincidimos’, pero yo a ti sí y me siento muy orgulloso de ello. Porque sé que lo que vi en ti existe, aunque insistas en mantenerlo oculto. Pero es tu decisión. La mía es actuar en base a mis principios. Luchar por lo que creo y quiero. No le pido disculpas a nadie por ello. Porque sé que mi actitud y mi manera de afrontar la vida serán arriesgadas, desinteresadas, me pondrán en peligro etc, pero desde luego no serán mediocres.
Ten mucha suerte. Mucha buena suerte. Y que sepas valorarlo cuando lo tengas delante. ¡Salud!

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Marcas de guerra

Total, que estás un día cepillándote los dientes sin la parte de arriba y te lo ves en un hombro; o te estás poniendo crema en las piernas y lo descubres en un gemelo… Puede que aún sea sólo un amago venoso o que ya esté amarillento con ese color a nicotina tan de hospital o que ya sea una marca fea y gangrenada… El caso es que te descubres el moratón (puede que también sea un ‘chupetón’, aunque estos se adivinan antes) e inmediatamente ubicas el momento en el que él o ella te lo hizo. Eres capaz de discernir el instante exacto en el que se produjo aquel dulce desacato. Bueno, dulce o no tanto, que todos sabemos que algunos moratones pueden doler una barbaridad… Sea como fuere, el moratón producido en batalla sexual suele ser visto con agrado, no duele tanto como el que te haces cuando tropiezas con la punta de esa mesa que siempre está mal puesta, qué duda cabe… Te lo miras, lo tocas, lo asocias al ‘encuentro’ y puede que sonrías. Porque quizá el moratón que te ha hecho ‘esa’ persona vaya a solaparase con la existencia de ‘otra’ persona nueva que lo observará con malicia, y eso te ‘pone’ o porque quizá sólo fue una cosa puntual pero lo pasaste bien y aquello te lo recuerda o porque a todos nos gustan estos tatuajes ‘naturales’ que además desaparecen con el tiempo y hasta mostramos victoriosos a nuestros más cercanos… Una marca de guerra de esas de las que uno hablará o no, pero que indudablemente habrá formado parte de ti en lo más íntimo. Aunque sea más que probable que dure más que quien te lo hizo (y lo sabes)…

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La alegría es gratis

Mirad, hay una cosa fabulosa que pasa todos los días. Suele ser bastante previsible, lo que no le resta ni un ápice de espectacularidad, no obstante. De hecho, hasta puede saberse con aproximación al minuto de cuándo acontecerá este fenómeno. Todo el mundo puede gozarlo y no hay lugar del planeta donde no ocurra. ¿Qué más se le puede pedir a algo que nos produzca bienestar y nos infunda cierta alegría? Pues tengo algo más: es completamente gratis (de momento, claro). Con estos antecedentes es casi impensable que esto pueda existir, pero os prometo que es así. El problema es que, por paradójico que resulte, por veces que podamos haberlo disfrutado (y todos lo hemos hecho alguna vez) no es tan seguro que le atribuyamos esas características que menciono. A mí me costó un poco darme cuenta, lo reconozco, pero desde aquel día ya no se me olvida y lo guardo en mi “Carpeta de Favoritos”. Salí a desayunar a la terraza; un día normal, me senté en mi butaca; Diego no andaba lejos, seguramente ronroneando; crucé mis piernas, cogí la taza y miré hacia adelante: estaba amaneciendo. No creo ni que fuera un amanecer especialmente bello (de esos en los que se irradian rayos de sol a lo bestia, como si fuera a aparecerse dios en medio de las nubes) o de colores especialmente bonitos. Simplemente amanecía y yo aprehendí aquel amanecer. Digamos que lo hice mío. Me apropié de él. Decidí que era bonito, que me infundiría alegría, que sería memorable, que me haría sentir bien, que lo recordaría y que algún día se lo explicaría a alguien (como de hecho hoy os lo explico a vosotros). Y ¿qué fue lo que pensé cuando me vi protagonista de aquel “inesperado” regalo telúrico? Pensé: “hostia, esto pasa a diario y es gratis”. Así, sin más, con el café con leche en la mano y sentado como un indio. Y de repente caes en que muchas cosas más que te pueden resultar agradables como para arreglarte el día son gratis y no es necesario complicarse mucho la vida para encontrarlas. Un cruce de palabras con la que atiende la panadería, un vistazo al coche de al lado en un semáforo en rojo y el descubrimiento de alguien guapísimo que espera a tu lado, que te sientas bien ese día con la ropa que has elegido… La mayoría de las cosas que nos proporcionan alegría y nos hacen sentir bien son gratis. Y nosotros nos pasamos la vida pensando que para llenar el alma hay que dejarse la nómina…

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Pequeñas historias. Historias pequeñas

El próximo verano se cumplirán dieciséis años desde que empezara a escribir a ratos como mero entretenimiento. A día de hoy ando corrigiendo el que es mi ‘objeto literario’ número nueve. Puedo decir que estoy satisfecho de muchas de esas páginas, pero sobre todo de lo que estoy satisfecho es de no haberme vuelto un gilipollas. Y no lo digo por decir. Es éste un oficio bastante jodido en el que es fácil perder la noción de realidad si uno se descuida. Aparte de los ratos de soledad que uno le dedica a la tecla, están los tantos otros que se pasan leyendo. Inmerso en otras historias, bañándose en otros charcos. Siendo otro, qué duda cabe.